TORMENTA INTERIOR
Cuando el duermevela agita mi cama, creo obtener mil ingredientes; frases geniales que pasan como balines, de hemisferio a hemisferio, dejando cosquillas en la memoria.
Un mostrador, un bolígrafo, un bar de luces apagadas y cocina encendida, un peluquero tardón, un amor de viene y va…
Todo un bucle que parece no acabar y del que, por fin, sale un rescoldo amargo y seco del que bebo y me alimento.
Las tormentas interiores avivan mi creatividad, también azotan mi sueño y me desvelan a horas intempestivas, en las que he aprendido a sacarle punta a la escritura. Cuando todo va bien, escribo menos o me obligo más, pero en el ruido encuentro el espacio idóneo y fértil para desatar mi muñeca. Es una putada y no un mito, y no quisiera que fuese responsable de una inclinación personal al desequilibrio, al caos romántico, a la ansiedad…
Necesito el alma limpia y un corazón acompasado, sumergirme en remansos sin olas rizadas ni corrientes resacosas, pasar el día con suavidad y terminar cada semana dándole gracias a la vida.
Todo se puede conseguir sin ese apremio de asomarse al abismo en busca del ingenio.
La luz ya está en ti, y sin artificios. Déjate de monstruos de papel. Haz lo que sabes hacer y que las tormentas pasen con gloria y, mejor, sin penas.
Sufre. Disfruta. Crea.
