BELLAVISTA

 

Los días que perdíamos el autobús del colegio, mi padre nos llevaba en su coche hasta Bellavista. Por supuesto iba fumando por el camino y, que yo recuerde, por aquel entonces no existían los cinturones de seguridad o aún no eran obligatorios. Toda una aventura para nuestra seguridad vial y para nuestros pulmones.

Llegar tarde le daba un giro inesperado y algo romántico al día, que lo trastocaba todo casi hasta la hora del recreo. Y es que la perfecta rutina supone la muerte del ingenio…

Cuando operaron a mi padre de cataratas, muchos años después, dijo que tanta perfección visual le quitaba encanto a su mundo nebuloso anterior. Que ahora veía toda la porquería de la ciudad, que reconocía los bultos sospechosos desde lejos, mientras que antes fantaseaba con que si eran una bicicleta, una papelera o un señor bajito esperando el autobús, por ejemplo.

Arrastrado por el buen resultado de la operación de mi novia, de miopía, y de la de su madre, de cataratas, me he envalentonado y me he sometido, este mismo lunes, a un implante de lentes intraoculares multifocales que me han corregido, de golpe, la miopía, el astigmatismo y la presbicia, ¡toma ya!

No me ha costado poco tomar la decisión y sí un ojo de la cara, pero aquí estoy escribiendo desde la cama con un control visual absoluto de todo lo que me rodea en mi dormitorio, tanto que me llega a distraer. También he ido al baño y he comprobado en el espejo lo feo que soy antes de ducharme por las mañanas…

En fin, que se acabó para mí ese rato confuso, medio onírico y entre brumas en el que lograba encontrar la luz de mis ideas, hasta que las lentillas o las gafas me llevaban de vuelta a la bella vista y al mundanal ruido.

Papá, ¡cómo te comprendo!

Jaime Sabater Perales