EL ELEGIDO
Los domingos por la mañana, los cuatro hermanos nos levantábamos al unísono y, cual perritos falderos, nos metíamos en la cama de nuestros padres antes de que se levantaran.
La escena no podía ser más familiar e idílica; los seis ahí apachurrados pero felices, charlando y jugando, sin echar cuenta del tiempo, sumergidos entre sábanas, cojines y colchas; entregados al deleite, casi umbilical, del latido de la sangre.
—Jaime, anda, vístete y ve a por churros —decía mi madre. Y se rompía la magia para mí. María era la pequeña, Marta, demasiado presumida para echarse cualquier cosa por encima y saltar a la calle y Javier miraba para otro lado…
«¿Por qué siempre yo?», me preguntaba entonces. «¿Por qué tengo que salir del calorcito, del momento placentero? ¿No somos cuatro?», mascullaba de camino a la churrería, con la cara lavada, a medio peinar y con las monedas justas para dos raciones.
De vuelta a casa, con la ilusión patente de la cama, sentía el calor del paquete de churros bajo mi cara helada, su olor intenso y el sabor del que me iba comiendo por el camino.
Al entrar por la puerta, mis padres descomponían la escena y disponían el salón con un mantel, un plato pequeño de Duralex colmado de azúcar, café para ellos y colacao para nosotros.
Y así seguían las mañanas de ensueño, pero con el sinsabor de perderme gran parte del momento camero, de verme utilizado por los demás ante la predisposición y facilidad con la que realizaba los mandaos.
Hoy, cuando el hartazgo y la sensación de ser el que da siempre el paso al frente acuden a mí, recuerdo que el momento del papel de estraza agarrado con una mano y con la otra devorando el más calentito, aquel, era solo mío.
