TÁIO PIPI
Rozaban los treinta grados y el reloj no marcaba las doce. Eduardo adelantó la entrega de dos enciclopedias para recoger en el hotel a Joaquim, quien había aterrizado en el último vuelo desde Barcelona el día anterior. Ejercer como director comercial de una editorial en el año 67 no dejaba un minuto libre, pero la visita al delegado de Andalucía resultaba obligada.
—Eduardo, recógeme a la una; he quedado con las hijas del embajador americano, que vienen a la feria.
Desde que atravesaron la portada, el Real rebosaba alegría y las chicas irradiaban sonrisas.
—Táio pipi —decían al pasar por cada caseta. Ellos se miraban perplejos—. We want táio pipi —insistían.
Eduardo había reservado mesa en la del Círculo Mercantil. A empujones, consiguieron sentarse frente al escenario. Tras la barra, un cartel anunciaba la archiconocida botella con sombrero cordobés y chaquetilla roja. Ambas, aliviadas, señalaron gritando al unísono: «¡Táio Pipi!».
