EL ESTO QUE ESTÁ EN EL ESO
Ya no hay ceniceros en las casas, y si te fumas un cigarrillo en tu cuarto de extranjis, la peste a tabaco se queda dos horas flotando, por mucho que abras la ventana de par en par o rocíes el habitáculo con el vaporizador de agua de colonia.
En mi casa fumaban en el salón: mi padre, mi madre y mi hermana Marta. Lo hacían sin medida, y si subía la vecina de abajo o cualquier otra visita, se unía a la fiesta del humo como si tal cosa. Tanto, que el techo de ese cuarto, en vez de blanco, parecía que lo habían pintado de un amarillo tirando a marrón.
No recuerdo el olor a tabaco ni como algo desagradable ni, por asomo, todo lo contrario; lo teníamos tan metido en la memoria olfativa que pasaba desapercibido. Hoy, si alguien sale a fumar en una reunión, apesta desde que reaparece por la puerta.
Es increíble lo que consiguen las prohibiciones: cómo nos adaptamos a ellas y nos empujan a rechazar lo anterior. Los que mandan lo saben y, por eso, nos manejan como a ovejitas, aunque no estemos de acuerdo o ni siquiera entendamos el mensaje que nos transmiten.
La que mandaba en mi casa era la Chelo Perales, y aprendimos a entender sus mensajes, muchas veces cifrados, por pura intuición.
Por ejemplo, cuando se quedaba sin tabaco en el salón, me decía:
—Jaime, cariño, tráeme el esto que está en el eso.
A mí no me quedaba ninguna duda y era incapaz de negarme a la orden, que claramente decía:
—Jaime, sin rechistar, tráeme el paquete nuevo de tabaco que está en la estantería del pasillo.
Dónde si no.
