«QUIEN SIEMBRA VIENTOS…» 

 

Las buenas obras son contagiosas, al igual que las golferías o los insultos al prójimo. Parece una obviedad, pero merece la pena recordarlo cada cierto tiempo. Yo diría que, al menos, una vez por semana o incluso cada día.

Recibimos lo que damos; otro cliché, pero de los que nos cuesta la misma vida poner en práctica. No tenemos remedio, aunque nos queda la esperanza. Al menos yo no la pierdo en la Humanidad y, a pesar de ser impulsivo, impertinente y bastante pecador —más veces de las pretendidas—, trato de ser bueno en esencia y espero que los demás me correspondan.

De un tiempo a esta parte, he dejado de meterme con los amigos en el grupo de WhatsApp y he comenzado a levantar la mano cuando alguno pide ayuda. Al principio hubo cierta sorna y resistencia ante mi actitud, pero hoy —mira por dónde— un colega ha preguntado si alguien lo podía acercar, el viernes después de trabajar, a su carriola del Rocío que saldrá esa mañana desde Villamanrique. Pues, ni corto ni perezoso y detrás de la mía, se han alzado tres manos más, y ya tiene chófer para cumplir con su peregrinación. ¡Olé! No me gusta ponerme medallas, aunque él sí llevará orgulloso y a tiempo la suya de la Virgen.

Hace una semana, me ofrecí a acompañar a otro amigo a que le practicasen una colonoscopia rutinaria. En esa ocasión sí fui el elegido y, tras el despertar y pasado un rato de su simpática borrachera anestésica, nos fuimos a cenar por ahí para celebrar que todo estaba perfecto en su colon.

Durante el tiempo que pasamos en la sala de espera y antes de entrar en el quirófano, apareció una enfermera que avisó varias veces a los familiares de Federico Sangra —apellido muy apropiado para un hospital, ¡lagarto, lagarto!—, pero nadie acudió a pesar de la insistencia. Al rato volvió a requerir la presencia del acompañante del pobre Federico, y nada. Pasada una media hora, salió el señor Sangra con aire distraído y huraño, se dio una vuelta por la sala y cogió camino de la puerta tal cual parecía haber llegado: solo.

Ojalá no se tratase de una soledad por causa de fuerza mayor, pero a ambos nos dio la impresión de que Federico es de los que «… recoge tempestades».     

Jaime Sabater Perales