MÁSCARAS
«Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro», dijo Diógenes de Sinope, filósofo cínico de la Grecia clásica, allá por el siglo IV a. C.
No me quiero poner profundo, aunque es bastante curioso que una corriente de pensamiento que promulgaba el desprecio de lo superfluo y ensalzaba la naturalidad haya trascendido como adjetivo negativo para designar a alguien falso y descarado. Quizá sea porque los cínicos cuestionaban con ironía, sarcasmo y humor irreverente la hipocresía de la moral establecida y de las normas sociales.
Al final me meto en harina de otro costal… Vuelvo al principio: hoy os quiero hablar de fidelidad. La que practican los perros hacia sus amos hasta la muerte, por muy mal que los tratemos o, incluso, los abandonemos. La misma fidelidad que nos regala el Señor y que tanto rechazamos. Y es que los perros tienen un soplo divino: dan sin esperar nada a cambio. Se muestran tal cual son. No usan máscaras.
Hay días en los que, cuando meto la llave en la cerradura de casa, siento que Trébol está detrás de la puerta, impaciente por saludarme con tanta efusividad como si lleváramos años sin vernos. Él no entendía de hipocresía, no ocultaba sus sentimientos ni sus pulsiones.
¿Será posible un mundo sin máscaras? ¿En el que todos seamos naturales y reflejemos lo que nos mueve?
No, no es posible. Todos nos refugiamos bajo miles de máscaras sociales, personales y profesionales. Tratamos de proyectar una imagen de seguridad y fuerza. De inteligencia. De conocimiento. Incluso de amor al prójimo para ocultar nuestro flagrante egoísmo.
Somos tan falsos que promovemos, precisamente, las virtudes en las que más flaqueamos. Sin darnos cuenta de que, «al perro flaco, todo son pulgas».
No me echéis demasiada cuenta hoy. Estoy tonto. Echo de menos a mi fiel amigo y a su corazón limpio.
Tanto lo añoro que voy a tratar de imitarlo. Me quitaré las máscaras que conservo. Seguiré buscando el sitio de aquellos que desnudan sus almas. Y gritaré de alegría, que sí, que a pesar de todo ¡creo en el hombre!
