DOY FE
«Una familia, una casa», ha dicho en el Congreso de los Diputados Gabriel Rufián, que no necesita presentación.
«No queremos una España de proletarios, sino de propietarios», pronunció el ministro franquista de la Vivienda, José Luis Arrese, en 1956.
Pues no —ya lo he dicho en alguna ocasión—, ni de política ni de religión ni de fútbol pienso escribir. Así lo decidí cuando arranqué esta afición, inspirado por un profesor de Física de segundo de BUP, apodado el Atomito, que nos dejaba contar chistes en clase con la condición de que no tratasen de esos tres asuntos.
Mi ideario político es tan enrevesado como mi propia vida: tengo dos viviendas en propiedad y vivo de alquiler en una tercera. También colecciono estados civiles. No lo he decidido así: me ha llegado. Tampoco pienso explicarlo, y menos justificarlo.
Si fuesen cinco las casas en propiedad —como los estados civiles—, no trataría de buscar la aceptación social ni, menos aún, fardar de ello. «Un ciudadano, una vida», digo yo, y solo pido respeto y un poco de libertad.
Eso sí, si algo me gusta de las transacciones inmobiliarias y civiles es el acto de la firma de escrituras en la notaría. Me encantan los notarios y sus despachos. No lo puedo evitar. Me resulta un mundo distinto al resto; rodeado de cierta pátina entre la austeridad, el anacronismo, una pizca de extravagancia y, por lo general, bastante cultura.
Suelen ser personas ocurrentes y extremadamente correctas, educadas y muy bien ataviadas. El notario entra en la sala detrás de un oficial, lee por encima la escritura con esa sensación de que se la sabe de memoria, relativiza el posible inconveniente, hace algún comentario oportuno y singular, y desaparece como llegó: dejando en el ambiente un aroma entre descanso e ilusión —según el caso— que siempre me resulta agradable.
Doy fe.
