CON LOS PIES EN LA TIERRA

 

Como soy muy miope, amanezco casi ciego al día que arranca. Así, imagino e intuyo todo lo que me rodea, y le dedico la primera hora al papel en blanco o al impreso y a esta ventana digital que de cerca me embelesa.

Más tarde, el paso por la ducha me conecta con el ruido cotidiano. Allí, cambio los cromos de la fantasía y trato de planificar lo que la jornada acontecerá. Con escaso acierto la mayoría de las veces.

Hoy, bajo el agua, he alargado el rato creativo más allá del colchón, tratando de engendrar algo original y, a la vez, sorprendente y corto.

Frotaba las ideas con tal intensidad que mis manos las emulaban contra mi cuerpo enjabonado sin conciencia de ello, sumergido en mi mundo interior, con las cortas de la vista aún puestas.

De entre los dedos, como el genio de la lámpara, ha surgido una gran pompa de jabón en la que me he visto reflejado con claridad. La he estirado y se ha convertido en dos hermanas gemelas, transparentes, que titilaban. Las he acercado y, otra vez, se han fundido en una perfecta esfera que desafiaba la tensión superficial jugando con la iridiscencia, creando magia y belleza.

Así llegan las ideas y las tienes que atrapar antes de que exploten y se diluyan en el vapor borroso de la imaginación.

Alentado, he tratado de fabricar otra igual —tan preciosa—, pero ya era tarde, ya andaba con los pies en la tierra.

Jaime Sabater Perales