POR MIS MUERTOS
Cada vez que muere alguien cercano y acudo al tanatorio, no puedo evitar acordarme de los míos. De las frías mañanas, de los aciagos días posteriores, del peso insoportable, del alma rota en pedazos.
En esta ocasión, con el fallecimiento de Pepe, se ha juntado todo: muerte cercana, inesperada, injusta y muy, muy cruenta.
La camisa blanca de Manolo, manchada de maquillaje a la altura del pecho, daba cuenta de los abrazos apretados que había recibido desde que abrieron la sala 15, en la segunda planta del tanatorio de la SE-30, a las diez y media de la mañana, hasta que cerraron a las ocho y media de la tarde. Entonces vino a buscarnos al bar donde unos cuantos amigos habíamos ido a comer para aliviar las penas, siguiendo el consejo del padre de los San Emeterio: «El que en un entierro no bebe vino, el suyo viene de camino».
Los San Emeterio son todos guapos, altos y aparentes. Trasmiten seguridad y estos días han dado buena prueba de su entereza y del amor que se profesan como familia. Los diferentes canales de televisión solicitaban su presencia y ellos atendían a los periodistas con un temple digno de admiración.
Ni una palabra fea salió de sus bocas, ni un atisbo de reproche o hastío. Solo la esperanza de que Pepe apareciera, que nos trasmitieron a todos y nos tuvo en vilo y pegados al teléfono durante cuatro días eternos.
No puedo sentirme más orgulloso de mi amigo Manolo. Era como si Pepe y él fueran un solo ser. Dos almas en un mismo cuerpo luchando por no separarse, fusionándose para dar ánimo al resto y poner cordura y amor en este sinsentido que vuelve a sacudir a un país entero.
Me dan ganas de gritar sin freno, de despojarme de la educación que esta familia ha mantenido durante la espera. Quiero sacar fuera toda la ira y la frustración que acumulo, vocear a los cuatro vientos lo que siento desde este altavoz grande o no tan grande que poseo. Sin pudor alguno, a calzón quitao.
Pero no puedo. Aunque duela tanto y por muchos pelos que me falten en la lengua, me la morderé por ellos, por respeto a Pepe y a todos los fallecidos.
Por mis muertos.
