LA RAMPA DEL ECO

 

La entrada de mi garaje tiene eco. No un eco reverberante y simplón. Un eco de montaña, de los que te devuelven las palabras enteras a los dos segundos y te sobrecogen. De los que invitan a quedarte hablando contigo mismo horas y horas con la tontería del fenómeno de la reflexión del sonido.

Supongo que será por lo largo y angosto del pasillo y por el edificio alto y tan plano que hay al fondo.

Lo curioso es que a veces se me olvida porque voy siempre con prisas en el coche o en la moto. Solo cuando enfilo la rampa andando desde la calle, en busca de alguien que me espera abajo para que le abra el portón, y llamo su atención en voz alta, lo percibo: un hola tardío de mi propia boca.

Y entonces vuelo…

Aquel día también llevaba prisa, con él detrás en la moto. Para impresionarle, aceleré al bajar la rampa y se cagó de miedo. Apretó su cuerpo delgado y adolescente al mío y lanzó un grito ahogado que el eco devolvió. Yo me harté de reír. Con todo lo chulito que parecía y toda su pose de matón de barrio, no dejaba de ser un chiquillo con más miedo que vergüenza.

Me reía mientras reconocía lo mucho que se parecía a mí en lo físico, en lo cagueta, en lo nervioso e impertinente. Un calco imperfecto en su afán de ser malote. Un niño increíble cuyo camino se desvió hasta el más trágico de los finales.

A veces, cuando enfilo la moto por la rampa, vuelvo al momento con mi sobrino Juan aferrado a mí por instinto de supervivencia. Y lo siento pegado a mi espalda. Y noto el latido acelerado de su corazón.

Y entonces levanto la mirada al cielo y el eco infinito me devuelve la certeza de que allí ya no tiene miedo, todo lo comprende y vela por nosotros.

 

Jaime Sabater Perales