OLD ARRACK
El comisario general de la sección de Sri Lanka era un señor alto y elegante. De piel oscura, facciones finas y nariz recta, vestía trajes claros y lucía una sonrisa amplia y sincera.
Durante aquellos días de locura previos a la inauguración de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, nos visitaba cada mañana en la oficina de la terminal de carga del aeropuerto de San Pablo.
Quería interesarse personalmente por las mercancías que llegaban para su pabellón y que necesitaban para la inauguración y las posteriores recepciones.
En esa vorágine matutina de carreras y estrés para despachar y cargar en camiones todo lo que iba llegando destinado a los distintos pabellones, aparecía él, con su exquisita educación, acompañado de su secretaria española, que también le hacía de traductora. Una chica joven, monísima, vestida de azafata del pabellón, con unas piernas esculturales… y que portaba una cajita con nuestro desayuno de cortesía: unos rollitos fritos rellenos de carne con un fuerte sabor a curri.
Con la misma cortesía nos comíamos los Chinese rolls, que luego se me repetían durante todo el día y me pedían litros y litros de agua. Pero ¿quién le decía que no al amable comisario y a su despampanante secretaria?
Aparte de los inolvidables rollitos, Mr. Samaravira nos obsequiaba con pases para el recinto de la Expo e insistía en que visitásemos el pabellón de su país. Otro día apareció con unas botellas de licor en unas cajas muy historiadas y bonitas. «Un aguardiente tradicional elaborado mediante la fermentación y destilación de la savia de las flores del cocotero, envejecido en madera para adquirir ese color ambarino», nos relató la traductora.
Yo seguí con mis quehaceres diarios y aparecí por casa a la hora de cenar.
—Papá, ¡mira lo que me han regalado hoy en el aeropuerto! Es la bebida nacional de Sri Lanka: Old Arrack.
—Gracias, hijo mío, ya la probaré.
Y la puso en el carrito de las bebidas junto a la botella de güisqui que tenía empezada.
Por aquellos días pisaba poco mi casa: salía muy temprano y volvía muy tarde, a veces incluso de madrugada. Mi madre llegó a preguntarme si tenía una amante. Que no era normal que echara tantas horas trabajando un chaval de veintiún años… La realidad era bastante más aburrida y aeroportuaria.
A la semana de haberle llevado a mi padre aquel licor, noté que la botella ya no estaba en su sitio.
—Oye, papá, ¿cómo estaba el arrack?
—¡Malísimo!
—¿Y qué has hecho con él?
—Bebérmelo con hielo. No iba a tirar un regalo de mi hijo.
