QUERIDA TOALLA
Tanto como parecerme a Diógenes no, aunque es muy difícil que me deshaga de cosas así porque sí. Otra cosa es que las pierda, como me pasa con los complementos y accesorios que no lleve pegados al cuerpo. Cuantas más veces salgo a la calle con una gorra puesta, más probabilidades tengo de regresar a casa sin ella. Como no tenga la precaución de amarrarla a una trabilla del pantalón una vez que se ha puesto el sol y la visera ha perdido su función protectora, me olvido de que existe. De gafas de sol habré perdido un cubo y no te cuento de bolígrafos y mecheros: para hacer una exposición.
Creo que con las personas me pasa algo similar: como no las lleve encima, corro el riesgo de dejarlas por ahí olvidadas. Por eso trato de acercarlas todo lo posible y no romper los lazos que las atan a mi corazón.
Cursilerías aparte y volviendo a la tela, la pasta, el metal, el plástico y demás materias más o menos perecederas, tengo una toalla de playa que lleva conmigo desde los ochenta. Además de ser de rizo americano del fetén y de ese tamaño perfecto en el que te cabe el cuerpo entero sobre la arena y no da la impresión de llevar una de bidé o, por el contrario, una de esas con las que parece que vas a acotar la playa, ha aguantado cuatro décadas sin romperse, perderse o desdibujarse.
Me tocó en una fiesta promocional de una marca de bebidas espirituosas. No recuerdo si por mi gran fortuna o porque era muy amigo del dueño del garito y quiso tener un detalle conmigo, agradecido por la cantidad de copas que tomaba por entonces de aquella bebida de color miel y etiqueta blanca, combinada con cocacola.
Mi toalla ha pasado por unas cuantas casas y otras tantas lavadoras. Me ha secado después de practicar esnórquel frente a la duna de Bolonia y ha visto nacer a mis dos hijas y morir a mis dos perros. Quizá haya perdido tersura y color y se haya sentido desplazada por otras, olvidada en el cajón de un armario acumulando polvo y humedad.
Hoy está recién lavada y huele a limpio más que nunca. No es una novedad ni rebosa frescura. Sí tiene historia y ha aguantado hasta aquí, fiel y tolerante, como un buen amigo, contra salitre, arena, viento y marea.
Querida toalla, que siga el verano.
