RIDÍCULO

 

«Italian Campaign, 1 de octubre de 1943. Nápoles acaba de ser tomada por los aliados, mientras los alemanes dejan ver sus posaderas al norte y a lo lejos, no sin antes dejar tierra quemada en su huida. La ciudad está rota: azotada por el tifus y el hambre y enseñando las tripas y los esqueletos de sus edificios. Niños mugrientos y descalzos sonríen y corretean entre jeeps, carros de combate y soldados con un Lucky Strike enganchado al labio y una tableta de chocolate asomada al bolsillo de la guerrera.

Tras los Cuatro Días de rebelión popular, la población recibe entre vítores, flores y besos en las botas a los soldados americanos y británicos.

El joven con el águila bicéfala bordada en su boina negra no sale de su asombro ante tanta efusividad. Hoy, por primera vez, no lleva el casco puesto; lo ha dejado embarrado en su vehículo blindado tras la campaña africana. Hoy se deja querer al paso por calles y avenidas exultantes y desoladas.

Las siglas KDG bordadas en hilo blanco sobre fondo azul oscuro en el hombro le recuerdan que es miembro de la 1st King’s Dragoon Guards, aunque nunca, hasta este preciso instante, había comprendido el verdadero sentido de pertenecer a la élite de la caballería acorazada británica.

La ha visto venir desde lejos. La rebeca de lana desentona con las piernas desnudas, sin medias, bajo un vestido de cuadros naranjas por encima de las rodillas. Sus curvas tampoco concuerdan con la melancolía de la mirada, compensada por una preciosa boca abierta, llena de dientes blancos, que han hecho invisible al resto de Nápoles.

Se acerca y no hacen falta palabras. Lo coge de la mano y lo arranca del desfile triunfal. La ciudad enmudece, tapada bajo el latido de dos corazones a punto de explotar de deseo. La guerra no ha dejado en pie muros que atravesar. No hay fronteras morales bajo tanto edificio aplastado.

La pensión está desierta y los escalones desaparecen bajo el ímpetu de sus pasos por llegar a la habitación sin cristales ni marcos en la ventana. Las sábanas blancas y almidonadas contrastan con el hollín que lo cubre todo. Las tenía reservadas para su delgaducho soldado valiente. Para el impecable Tommy dentro del uniforme caqui, enmudecido ante tanta lozanía desbordada.

Lo desnuda con cierta maestría. La guerra ha sido muy larga, muy dura y había que sobrevivir. “Qué más da lo pasado, ya somos libres y este es mi regalo inglés”, piensa mientras le baja los pantalones.

Él apenas acierta a quitarle la rebeca y se deja hacer.

Ella se detiene, se tapa la boca con ambas manos y se deja caer de espaldas sobre la cama, muerta de risa. Una carcajada que rebosa el dormitorio, sale por la ventana y echa a volar a las palomas de toda la ciudad.

El chico inglés lleva unos amplios calzoncillos blancos de algodón reglamentarios, de cintura alta y hechura casi hospitalaria, junto con largos calcetines de lana sujetos por ligas bajo la rodilla. Todo un despliegue de erotismo bajo la luz amarillenta de una pensión napolitana. El símbolo liberador del Imperio británico convertido en un escolar tímido, blanco como la cal que necesitan las paredes de la ciudad y un cigarrillo colgando de la boca para fingir aplomo».

Las guerras —aquellas, las presentes y las que vendrán, sin sentido y cruentas— también desprenden humanidad y atesoran recuerdos. Este que os acabo de contar no sé si lo vi en una película, lo leí en un libro o mi mente lo ha forjado desde distintos fotogramas, pero entrecomillado queda por si algún día el autor me reclama los derechos.

Os dejo en aquella habitación con un soldado sin botas y una chica hambrienta que se reía —quizá por primera vez en muchos meses— al descubrir lo ridículo que pueden resultar los héroes.

 

Jaime Sabater Perales