NO NI NÁ

 

Ser original es algo costoso que, además, necesita de una justificación continua. La gente, por lo general, tiende a clasificarte en un grupo de seres humanos que cumplan una serie de requisitos y respondan a determinadas características.

A mí la normalidad me da muchísima pereza. Es más, hago verdaderos esfuerzos por huir de los estereotipos y trataré de llevarte la contraria si defiendes un pensamiento encasillado: «ni blanco ni negro, sino todo lo contrario».

Toda regla tiene su excepción, y ahí es donde me siento cómodo y descubro la genialidad de las cosas y las personas.

Cuando conozco a alguien a quien la vida le ha sonreído de forma muy clara en lo profesional, en cuanto me siento con la suficiente confianza le pregunto por su fórmula mágica: «qué, cómo, cuándo encontraste el camino del éxito; qué hiciste para abandonar la cuadrícula».

Ahí soy una esponja y pongo todos mis sentidos al servicio del aprendizaje. No para copiar, tampoco por curiosidad malsana. Quizá me mueva cierto interés en demostrar que al triunfo se llega, precisamente, haciendo caso omiso de lo que indican los manuales. Más bien escuchando tu voz interior, esa que te empuja a perseguir lo que el olfato te sugiere y, claro está, con el pico y la pala siempre a cuestas.

Los dones innatos son una maravilla, y pobre de aquel que los desperdicia por falta de humildad, por ir de sobrado o por simple pereza. Sabernos poseedores de cualquier virtud que la vida nos regala debe suponer un revulsivo para dedicarle más trabajo a esa rareza que nos distingue de la masa aborregada.

Cada día es una oportunidad para no dar nada por hecho ni por sabido.

Hace una semana asistí en Madrid a un curso de procesos de ventas y venta consultiva: dos jornadas intensas con un profesor que había pasado, con mucho éxito, por mi sector, aunque la extrema dedicación y el estrés lo habían derivado hacia la formación, también con bastante acierto.

Le pusimos nombre a las técnicas comerciales que ya manejábamos, aprendimos alguna que otra fórmula magistral y, sobre todo, me quedo con la idea —más que clara— de que, después de dos décadas dedicado a la actividad comercial del comercio exterior, no tengo ni pajolera idea de casi nada.

¡No ni ná!

 

Jaime Sabater Perales