AMARILLO ALBERO
«Debería volver el lunes de resaca y desaparecer el festivo en medio de la Feria», me decía un amigo, en la barra de un bar, mientras contábamos anécdotas de este año.
«El martes y el miércoles no se podía andar por el Real», insistía en su argumento de añoranza, a la vez que me enseñaba las fotos de sus mejores momentos de nuestra semana gloriosa. «Y recuperar el festivo de San Fernando», siguió mientras yo le contradecía sin mucho convencimiento personal, más bien con la conciencia social y democrática de que todo el mundo tiene derecho al disfrute. Pero ¿dónde están los feriantes? Por muchas vueltas que le demos al modelo, por más que estiremos o acortemos el chicle, han desaparecido. La Feria se ha descafeinado y perece a los cuatro días. Ya no hay conciencia de cambiar la residencia habitual por una calle con nombre de torero. El rebujito evita la papa gorda, pero también acobarda; te infla como un pez globo, pero deshincha las ganas de aguantar desde el montaje de las casetas hasta los fuegos artificiales.
«¡De principio a final!: ¡esto es ser feriante y lo demás son tonterías y postmodernidades que nada tienen que ver con el color político de cada menda ni con cuándo se celebra el pescaíto o qué día se marca el festivo o en qué momento la damos por finiquitada! ¡¡Alguien tenía que decirlo, coño!! ¡Y si hace falta se va a trabajar con los zapatos llenos de albero y no se duerme en toda la semana y se le pega un buen bocao a los ahorros o se pide prestao y se les dan la vuelta a los calzoncillos si no quedan limpios en el cajón…! ¡¡Hombre, ya!! ¡¡Tantas tonterías!! ¿¿¡¡Dónde!!??, ¿¿¡¡dónde están los feriantes!!??»
—Jaime, Jaime, ¡tranquilo, hombre!
—Disculpa, Santi, que me he venido arriba.
—¡Y tanto! Anda, bájate de la barra, que está todo el mundo mirando…
—¡Qué vergüenza! Por favor, pide la cuenta y vámonos a casa, que mañana hay que trabajar y la Feria terminó el domingo.
Ensoñaciones de un feriante que padece los efectos secundarios de su semana grande y ya la echa de menos.
