AGUA

 

—Jaime, ¡no me estás escuchando!

—Disculpa, es que soy TDAH.

—Eso es cosa de niños…

—Es que soy un niño aún.

—Tú lo que eres es un cara…

«No me entienden, te juro que no me entienden, mira que me esfuerzo en atender, en concentrarme, en enfocar la mente sin evadirme», pienso cuando alguien llama a la puerta de mi cabeza distraída.

—¡¡Eres bipolar!! —me espetan mis hijas y mi novia cuando paso del enfado a la risa en un chasquido de dedos.

«Debo de ser una persona horrible», interiorizo convencido de todo lo contrario.

«Al ser un signo de agua regido por la Luna, son personas con un carácter y comportamiento un tanto discorde con cambios de ánimo rápidos», leo sobre los nacidos bajo el signo de Cáncer.

«¡Claro! Por eso me gusta tanto el mar, la piscina y la ducha matutina. Por eso hay veces que me elevo y otras que me sumerjo en profundidades oscuras. Está todo escrito…», le justifico al señor que habita dentro de mí. A ese que lo pone todo en tela de juicio y que no se conforma con nada.

Y vuelo…

Marta me usaba de juguete propulsor y yo, el hermano pequeño y obediente, la empujaba desde el bordillo de la piscina infantil para que se tirase de cabeza. Así, una y otra vez, hasta que a la vuelta de un chapuzón yo había desaparecido. Pensó que me habría hartado y siguió jugando sin salirse. Al rato, se extrañó de la capacidad pulmonar del niño que buceaba junto a ella, pegado al fondo. Entre los reflejos del sol y la distorsión visual del agua en movimiento, pudo reconocer el color de mi bañador; metió la mano, me agarró por los pelos y me sacó a la superficie, con la cara morada, hasta que rompí a llorar y respiré. Me salvó la vida. En el último empujón, me había ido detrás de ella y me sumergí sin remedio, con tres añitos y sin saber nadar aún. Tiempo después, odié los cursillos, el olor a cloro, las corcheras y aquellos largos infinitos con una tabla entre las manos, dándole a los pies como si no hubiese un mañana. Cuando llamaban a las clases por megafonía, mi madre recorría el club militar buscándome para que no faltase a aquel suplicio diario del que yo trataba de huir. El día del diploma hice el último largo llorando y, a la vez, saludando a mi familia con una mano, mientras que con la otra asía con fuerza el trozo de poliestireno expandido.

Lejos de cogerle manía al medio acuático, es vital para mi día a día. Nado y buceo como pez juguetón, me relaja y concentra, al igual que leer y sumergirme en la escritura, que tanto me cuesta y disfruto.

Ya no sigo horóscopos ni creo en la fatalidad; sí en que las cosas que más rechazo y que, al principio, me suponen mayor esfuerzo, son las que, al final, más termino amando.

Jaime Sabater Perales