REGODEARSE EN LA AUTOCOMPLACENCIA
«Mi voz fuera más dulce que el ruido de las hojas
mecidas por las auras del oloroso abril,
más grata que del Fénix las últimas congojas,
y más que los gorjeos del ruiseñor gentil.
Más grave y majestuosa que el eco del torrente
que cruza del desierto la inmensa soledad,
más grande y más solemne que sobre el mar hirviente
el ruido con que ronca la ronca tempestad».
La última frase de este extracto del poema Las nubes, de José Zorrilla, la estudiábamos, como ejemplo de aliteración e incluso de onomatopeya, no recuerdo si en 7º de EGB o en 2º de BUP.
Aunque mi memoria no sea tan buena, mi mente ingeniosa desarrolló una variante que refuerza la figura retórica y que recitaba a mis hijas cuando eran pequeñas:
«Con el ronco ruido de la rueda corre el carro por la carretera».
Se me llena la boca al decirla y me retumba en la cabeza como cuando circulo con la moto por una calle adoquinada. El runrún con el que Zorrilla recrea la tempestad no puede ser más actual: ante el grito el silencio, frente al ruido una sonrisa, a las prisas buena calma… Y así con todo.
¡Qué difícil! ¿No?
Pues en medio de este maremagno aparece mi afilado, letrado e íntimo amigo Quique y frena el grupo de WhatsApp con una «redundancia expresiva deliberada» que le regala a un miembro de la pandilla y de rebote a mí:
—Toma, para que te regodees en tu propia autocomplacencia.
re-go-de-ar-se en la au-to-com-pla-cen-cia
Aparte de lo irónico de la expresión y de su acierto, tiene ritmo y una sonoridad más que interesante. Tanto que me ha llevado al poeta y a aquella aliteración onomatopéyica que adapté a mi antojo.
La frase se recrea en sí misma, casi imitando lo que significa. Tiene lisonja y retranca.
—Quique, gracias por recordar que las honduras de los ombligos pueden llevarnos a la hoguera de las vanidades. Tómate tu tiempo, y no dejes de sorprendernos con la agudeza de tu pluma… y tus puñetas.
