PURRUSALDA
Dieta durante la preparación:
- No coma patatas, verduras, lácteos ni frutas desde las 48 horas antes de la exploración.
- El día anterior, sólo deberá tomar líquidos.
- El día del estudio podrá tomar líquidos en la cantidad que desee hasta 3 horas antes de la exploración, permaneciendo desde entonces en dieta absoluta (no tomará ni agua).
Ya me he leído tropecientas veces las dichosas instrucciones de la preparación para la colonoscopia, que ya toca por edad. Cuanto más las leo, más ganas me entran de pegarme un hartón de papas fritas o de comerme un melón entero. Y eso que hace tiempo que la fruta no me tira. Las patatas sí son mi debilidad por muchos gases que den o por mucho que digan que si tanto almidón, que si picos de glucosa, que si mejor menos hidratos de carbono…
—¿Cómo están los huevos fritos con patatas? —me preguntó don Enrique una noche durante la cena.
—Los huevos buenísimos, papá
—¿Y las patatas? —insistió buscando el reconocimiento a su labor de cocinero doméstico.
—Pocas, papá, de papas fritas nunca hay suficientes —contesté con cierto sarcasmo y mucha complicidad.
«Bueno, la prueba es mañana por la tarde, tampoco pasa nada por un día de ayuno a base de líquidos», pienso y trato de convencerme.
Hace poco me comí unas pijotas fritas que me supieron a gloria —¡Qué dos días más largos me esperan, Dios mío! No puedo parar de pensar en comida…—. Pues eso, unas pijotas de categoría que me recordaron cuando en el colegio servían todas las semanas, de segundo, la pescadilla que se muerde la cola y a la que tanto asco cogí. Desde entonces rechacé ese tipo de pescado —pescadilla, pijota, bacaladilla— hasta que a los años sí aprecié su sabor.
¡Qué hambre, leches!
Y es que aquellas comidas de la infancia, que acababas aborreciendo, cuando te haces mayor te sacuden el hipotálamo y se te saltan las lágrimas cuando las recuperas.
A mi padre, en su infancia bilbaína, mi abuela le plantaba cada día para cenar un plato hondo con aquel caldo acuoso de la cocina tradicional vasco-navarra. Una sopa económica y sabrosa a base de puerros, patatas viudas, un chorreón de aceite de oliva y poco más. Él la odiaba con todo su ser, y se la tomaba sin rechistar. Tuvo que ser en Sevilla y pasados cuarenta años cuando volvió a disfrutarla en casa con la familia.
—Papá, hoy mataría por un plato calentito de purrusalda. Ahora, eso sí, ¡échale ahí papas!
