PIM PAM PUM
—Jaime, estás afincado en Sanlúcar de Barrameda, ¿no?
—Bueno, no exactamente…
—En Sevilla, entonces…
—Tampoco del todo… El Río me sube y me baja —contesté entre risas al moderador de la presentación del nuevo libro de mi amigo J.M. Quirós en el casino de Arcos de la Frontera.
Por Arcos pasa otro río, el Guadalete, casi tan grande como el mío y que dio nombre a aquella batalla en la que parece que murió don Rodrigo y que cambió el rumbo de nuestra historia.
Las calles empinadas de esta ilustre ciudad de origen prehistórico rezuman sangre visigoda, nazarí y ducal. También de poetas, como Antonio Murciano, que escribió:
«Diera lo mejor que tengo,
porque algún poema mío,
muerto yo,
viva entre el pueblo».
En esta puerta de pueblos blancos, de campiña y serranía, Arcos invita a pasear sin prisa, a leer, a rezar en sus templos imponentes, a perderse entre guisos camperos, vinos tintos y conversaciones maridadas con la elegancia natural de los arcenses.
La frontera andalusí muere en el mar y mira hacia África. Desde aquí se intuye el otro continente aunque no llegue a verse, como si ambas orillas siguieran llamándose en silencio.
No sé si merece la pena tanta sangre derramada ni tanto fanfarrón empeñado en dejar huella. Yo me quedo con la alegría gaditana, capaz de convertir las bombas en coplas y las desgracias en tirabuzones.
