LA CUNA
Hay que tener puntería para sentarse en un bar de pinchos en Vitoria Gasteiz y que esté sonando el grupo sevillano Pata Negra, que su carta incluya platos como kokinas o jamón ibériko de bellota kortado a kuchillo y que nos ofrezcan una copa de Tío Pepe.
El Tabanko se llama y no lo vimos venir. Lo montó un jerezano que pasó por allí hace veinte años y ahí sigue; con su curiosa carta y una play list de lo más cañí.
El segundo día en San Sebastián, después de pegarnos un baño en la Concha y mientras nos quitábamos la arena de los pies, un nadador septuagenario —más derecho y con mejor complexión que yo— nos recomendó varios locales para picar en la Parte Vieja. En el primero falló el servicio por lento, pero en el segundo coincidimos ambos con que habíamos encontrado nuestro sitio en Donosti. Y en su barra nos plantamos, apretados como sardinas en lata, felices y sin reloj, por más que empujaran las tres filas de guiris que teníamos detrás buscando hueco.
Dani fue el camarero que nos atendió. Aunque se mostró malaje como él solo y con ganas de irse a su casa, conseguimos sacarle la mejor versión y hasta un par de esbozos de sonrisa. Para acompañar dos copas de rioja alavesa, nos sirvió un pintxo de foie a la plancha y otro de chipirones rellenos de txangurro que nos dejaron majaretas por completo. El bar Sport en la calle de Fermín Calbetón merece la pena, él solito, una escapada de ida y vuelta.
Y llegó la cuna donde nací en la distancia, porque los de Bilbao nacemos donde nos da la gana. La villa en la que abrió los ojos mi padre y que se me había resistido cincuenta y cuatro años. Por hache o por be, había pospuesto este viaje, pero todo tiene un porqué y un tiempo exacto en la vida.
Vuelvo enamorado de sus puentes, de la ría y hasta del suelo pisado. Diría que es la ciudad más original y cómoda que me he echado por encima. Rezuma arte y europeísmo y te invita a recorrerla sin descanso de kalea en kalea, de museo en museo, de barra en barra.
«Este sitio, aunque indica taberna, es una “vinacoteca” y su estrella son las anchoas en salazón», le escribió a Susana una amiga que vivió allí. La taberna Basaras se sale del mapa. No sé si será por disfrutones o porque tenemos suerte, pero de allí ya no nos movimos. Las anchoas se deshacían en la boca a la vez que nosotros nos derretíamos de puro placer.
Mientras flotaba entre manjares y ambrosías, un chico con estética abertzale pidió delante de mí dos copas de Garum de las bodegas Luis Pérez de Jerez de la Frontera. No me pude resistir y le espeté:
—¡¡Ese tinto es de mi tierra!!»—. A lo que, muy resuelto pero sin afectación alguna, me contestó:
—Es que estamos en «Euskádiz».
