UN ANTES Y UN DESPUÉS

 

El calendario gregoriano nos sitúa en el tiempo a partir del nacimiento de Jesús y así vamos contando los años antes y después de Cristo. Funciona a la perfección al recordar momentos históricos o mi fecha de nacimiento o la Exposición Universal de Sevilla, por ejemplo, pero cuando rememoro algún acontecimiento entre los diecisiete y los veintisiete años —la década más fiestera— mi cabeza falla y soy incapaz de concretar cuando ocurrió. Esto supone un engorro al escribir relatos basados en anécdotas de juventud que al final saco adelante consultando al grupo de WhatsApp de mis amigos, en el que alguna mente privilegiada clava el mes y el año del acontecimiento en cuestión.

Una de las estudiantes norteamericanas que habitaban en el cuarto del fondo de la casa del Prado, como se había matriculado del curso completo, voló a su casa por Navidad y regresó en enero. Soy incapaz de evocar el año que corría, pero sí que le encargué una chaqueta vaquera Levis y unas zapatillas blancas de la marca Nike, que causaron furor entre mis amigos. Debió ser entre 1984 y 1988, porque aún estábamos en el instituto.

Aquel modelo de chaqueta etiqueta roja no se vendía todavía en España; era más corta y con un color gastado que marcaba la diferencia. Solo me la quitaba para ir a dormir o cuando algún amigo me la pedía prestada. Cuanto más usada estaba, mejor quedaba. Terminó sus días recosida y llena de jirones de tanto trajín y de una caída en moto; colgada en la pared de nuestro «club social» como un trofeo de guerra o símbolo de una generación.

Aquellos momentos pasaron despacio, a cámara lenta. Cada curso parecía una vida completa que se fusionaba con el siguiente y se confundía con el anterior. Cada experiencia quedó guardada en esta nebulosa apasionante que no soy capaz de situar en el calendario, pero que supone una fuente inagotable de tinta para el papel en blanco.

Ahora, el tiempo vuela y se repiten los días, las semanas, los meses. No hay quien pare el torbellino de la madurez. Tampoco se encuentra la emoción de estrenar algo o temblar al descubrir un olor, una nueva sensación.

Pero este niño curioso no deja de buscar, no se conforma, no da por perdida la pasión. Y aunque hoy seamos esclavos de las manillas de un reloj de obligaciones, plazos y compromisos; creedme, existe ese refugio de paz y espiritualidad en el que no importa el tiempo ni el espacio y en el que todos los sentidos se ponen al servicio del más puro deleite.

Jaime Sabater Perales