SUSHI TIME
—Jaime, tú mentilme a mí, tú no eres tlansportista; tú eres esclitor.
—Bueno, Diego, las dos cosas. ¿Quién te lo ha dicho?
—Juan, me lo ha dicho Juan, el peluquelo, que tiene todos tus liblos… digo libros —rectificó, divertido, mientras me servía un botellín de Sapporo y una tapa de edamame por cortesía de la casa.
Diego —cuyo verdadero nombre aún desconozco— es el dueño del japo del edificio de enfrente del Cortinglés de mi barrio. Hace unos meses me propuso gestionar envíos de importación de productos orientales desde China. Cuando me mostró precios y canales de distribución, le dije que siguiera haciéndolo tal cual, que yo no podía competir con esas tarifas ni comprendía cómo podían incluir gestiones aduaneras y sanitarias a esos niveles.
—¡Todo legal, todo legal! —insistía, y no me quedó duda alguna. Pero mi alma aduanera me impide «regalar» servicios que siempre cotizo y facturo en su justa medida. Lo contrario sería infravalorar mi profesión.
Pese a aquella desavenencia comercial, Taiyo Sushi Bar se ha convertido en nuestro salvavidas de entresemana. Al principio bautizamos el evento como «los miércoles de sushi», aunque acabó volviéndose monótono. Así que ahora lo hacemos a demanda, de forma orgánica y espontánea, cuando lo dicta el rugido de nuestras tripas y nuestras necesidades emocionales.
«¿Pedimos sushi?»
Y, de pronto, el problema se desanuda. Los dolores físicos y espirituales se alejan. La armonía y el buenrollismo entran por la puerta —en bolsas de papel— y se quedan el rato justo para que despidamos el día con una sonrisa enorme.
Esta semana ha caído en martes y éramos cinco. Cuatro mujeres… y el menda, hinchado de satisfacción.
Admitimos invitados que traigan abrazos.
¿Te hace un sushi?
